El objetivo del desprendimiento

Mi querida Madalen ha dedicado una entrada en su blog a mi proyecto de El desprendimiento educativo. Para quien no la conozca, Madalen Goiría es profesora de derecho civil y fue la primera persona en España que defendió una tesis doctoral sobre el homeschooling en el ámbito del Derecho. Existía otra anterior que era sobre educación y dedicaba un apartado al homeschooling, y otra más que no era de Derecho sino de Pedagogía, pero la tesis de Madalen fue la primera monográfica en Derecho. Durante todos los años que duró su investigación fue volcando información y reflexiones en un blog que decidió no cerrar cuando terminó de escribir la tesis.

En su post escribe:

La idea es sencilla: los ciudadanos movidos por el deseo de gobernar  sus propias vidas, sin delegar en el Estado optan por, en el más puro instinto liberal, darle la espalda y organizar la vida y la satisfacción de las propias necesidades básicas, como la sanidad o la educación fuera de sus estructuras.

Debo admitir que me sorprende la idea, que desconocía el concepto y que prometo seguirla y enterarme en profundidad antes de plantear una crítica que pugna por salir en la punta de los dedos según escribo. El neo liberalismo que sirve de base al concepto y el abandono de lo público me produce aprensión. Pero no voy a criticarla sin pruebas y sin conocimiento, sería una irresponsabilidad

Yo le agradezco que aplace sus críticas hasta que el proyecto esté más avanzado pero aprovecho para recoger el guante y aclarar lo siguiente:

El objetivo del desprendimiento, en cualquier ámbito, no es el desmantelamiento del Estado ni de los sistemas públicos. Esto puede ser una utopía que muchos liberales abrazan: que dejen de existir los Estados, que dejen de existir los servicios públicos y que desaparezcan con ellos los impuestos. Pero el desprendimiento va más allá de cualquier teoría política y de cualquier movimiento social. El desprendimiento es, hablando en plata, un sálvese quien pueda. De qué te desprendas y cómo te desprendas depende exclusivamente de ti. Puedes contratar un seguro de salud privado y así dejar de usar el servicio público, pero no por ello dejarás de financiarlo con tus impuestos ni va a dejar de existir. El desprendimiento es un acto esencialmente individual y egoísta. Yo, como individuo, decido desprenderme de un ámbito, legal o ilegalmente, y sólo yo me beneficiaré de sus ventajas y asumiré sus consecuencias. Yo, individuo, me desprendo del Estado para obtener un servicio que considero de mejor calidad pero en ningún momento voy a imponer el desprendimiento a otros ni lo hago con la pretensión de que el Estado se tambalee. El objetivo no es que el desprendimiento sea masivo y con ello el Estado deje de tener razón de ser.

Esto es precisamente lo que hacen muchas familias cuando deciden desescolarizar a sus hijos porque la escuela les está perjudicando. Deciden apartarse de ella (se desprenden del sistema escolar, sea público o privado) buscando un beneficio para sus hijos. El objetivo no es social ni político, no pretenden destruir el sistema sino que están tomando una decisión individual (en este caso, familiar) que sólo les afecta a ellos.

 

individualista

La teoría del desprendimiento

Artículo de Antonio Mascaró Rotger para el Instituto Juan de Mariana, publicado el 9/12/2005 en la web del Instituto. [Énfasis añadido]

 

Prácticamente nadie pide la completa abolición de la educación pública, si bien todos los que pueden se aseguran de matricular a sus hijos en escuelas privadas o, cuando menos, de ofrecerles clases de repaso que ofrecen instituciones privadas y particulares. Tres cuartos de lo mismo sucede con la sanidad, los planes de jubilación, la seguridad, los transportes, las comunicaciones y tantos otros servicios ofrecidos por el Estado.

Tranquiliza pensar que si las cosas pintan mal, llegará Papá Estado cual John Wayne al mando del 7º de Caballería al rescate. Además, aun cuando uno no lo necesite para sí, se siente cierta satisfacción al saber que se contribuye en un esfuerzo colectivo para con aquellos que sí lo necesitan de verdad. Y, sin embargo, a poco que se pueda, cada cual intenta escabullirse de John Wayne. No es sólo que todo el mundo intenta pagar los menos impuestos que su conocimiento (o atrevimiento) fiscal le permite, ¡es que incluso se escaquean de recibir buena parte de los beneficios!

Pagan un impuesto sobre el valor añadido cada vez que compran cualquier tipo de mercancía, o un impuesto especial todavía más elevado si se trata de gasolina, tabaco, alcohol o por matricular un vehículo. Se les aplica una retención en su sueldo por el hecho de tener un trabajo honrado. Se les cobra un impuesto por el hecho de heredar. Pagan otro impuesto si es que su patrimonio se ha incrementado. Pagan otro por el simple hecho de tener ese patrimonio. Paga otro por las donaciones. Y otro por tener bienes inmuebles. Si son accionistas pagan otro en forma de impuesto sobre la sociedad en cuestión y si compran al extranjero pagan en la aduana. Destinan, en fin, más de la mitad de su riqueza a engrosar las arcas del Estado. Y cuando éste les ofrece sus servicios “universales y gratuitos”, ¡oh, sorpresa!, todo el que puede contesta en la práctica con un rotundo “¡no, gracias!” que, de hecho, es un “¡no, gracias, y quédese el cambio!”

Mientras tanto, con el menguante tercio que los Estados graciosamente dejan cual limosna a sus súbditos, los mercados intervenidos de las economías mixtas modernas producen unos servicios que todo el mundo prefiere a los de los Estados. Con lo que sobra, encima, el sector privado es capaz de producir bienes triviales y superfluos como entretenimiento y diversión de todo tipo, por no hablar de innovaciones técnicas.

 

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En sus torres de marfil prehistóricas, los estudiosos con sueldos a cuenta de los contribuyentes, producen teorías según las cuales los ciudadanos cambian de residencia en función de los saldos fiscales. Es cierto, llegan a reconocer en un alarde de honestidad, que a la gente no le gusta pagar impuestos y, por tanto, tiende a huir de los regímenes confiscatorios. Pero, ojo, a la gente, dicen, le gustan los beneficios del Estado del Bienestar, por eso lo de votar con los pies depende de un cálculo de costes y beneficios. Se olvidan convenientemente de este pequeño detalle que he venido comentando: esos “beneficios sociales” los esquiva todo el que puede.

El hecho de que a la gente no le guste pagar impuestos no se debe a la tacañería antisocial de unos insolidarios. Se debe a que cada cual quiere comprar lo mejor que su riqueza le permita. Y nadie confía en que lo mejor pueda proceder de una institución que elimina a sus competidores a base del monopolio de la fuerza. Eso, cuando lo hace un hombre, es tachado de chantaje y matonismo. Cuando lo hace un grupito, se tacha de mafia. Que se haga democráticamente puede empujar a muchos a darle coba de cara a la galería. Pero, cuando se trata del bienestar propio, la gente no se deja engañar.

Y así, a medida que empeora la hipertrofia de las instituciones, más son los que van desprendiéndose del Estado. La madre que busca un refuerzo escolar a sus hijos porque, vote lo que vote y diga lo que diga, no se fía de la educación pública aunque no pueda permitirse matricularles en una privada. El padre que les va guardando unos ahorrillos porque, diga lo que diga y vote lo que vote, sabe que con las pensiones públicas lo van a tener crudo. El comerciante que descubre una forma de evitar tal impuesto o tal prohibición. El consumidor de cierto artículo o sustancia que se da una alegría al conseguir disfrutar de lo prohibido sin molestar a nadie. Una sociedad de adultos con ganas de emanciparse de un Papá Estado carca, metomentodo y fracasado. No es un desprendimiento tajante. Es gradual a medida que cada uno va descubriendo nuevas salidas hacia la libertad y la responsabilidad individual. Se agrava el problema de la economía sumergida, dirán los que se han especializado en partir y repartir desde arriba. No, lo que pasa es que la confianza en el Estado del Bienestar se hunde porque éste hace aguas y la gente se espabila y aprende a nadar.