El inequívoco éxito del sistema escolar

Este artículo lo publiqué en mi columna de opinión del diario Menorca y en mi blog Los que vivimos. Reproduzco el texto completo por su interés en el tema de este proyecto.

 

Es sorprendente que los resultados del llamado informe PISA de adultos le sorprendan a alguien. Somos los últimos en matemáticas y los penúltimos en comprensión lectora, sólo superados por Italia. Nada nuevo bajo el sol, en realidad. Pero como el que no se consuela es porque no quiere, ya ha salido la derecha (si podemos seguir llamando “derecha” al partido de Rajoy) culpando a la izquierda, y la izquierda culpando a Franco. Porque en escurrir el bulto sí somos altamente competentes en España. Leer y calcular, no, pero pasarle la pelota a otros y lavarnos las manos, eso se nos da de maravilla. Y puestos a seguir consolándonos, una de las autoras del informe ha afirmado que el resultado no ha sido tan malo como se esperaba. Lo justifica diciendo que competíamos con los países mejor preparados del mundo, como si ser los peores de los 23 primeros sea alguna buena noticia. Remata su argumentación con el dato de que en equidad sí superamos a la media: “La igualdad de género es total, no existe desigualdad entre los jóvenes”. O sea, que hombres y mujeres somos igual de ignorantes e igual de incompetentes lo cual, al parecer, es algo bueno.

Leo en internet, sobre las matemáticas: “Según el informe la gran mayoría de los españoles, que sólo alcanzan el nivel dos, tienen dificultades para extraer información matemática de situaciones reales, como comparar paquetes de ofertas turísticas; para resolver problemas de varios pasos, como calcular el precio final de una compra o calcular lo que puede costarnos una oferta de 3×2; y para interpretar estadísticas, como puede ser valorar el gráfico que aparece en los recibos de la luz.” Y sobre la comprensión lectora: “pueden comprender textos sencillos, pero les cuesta mucho extraer conclusiones de una lectura y se pierden en un texto de cierta profundidad y riqueza, como puede ser cualquier novela más o menos extensa.”  Supongo que esto explica muchas cosas, porque difícilmente vamos a poder gestionar un patrimonio o dirigir un negocio con semejante nivel. No sabemos calcular cuánto nos costará una oferta de 3×2 y no somos capaces de comprender una novela extensa pero podemos firmar hipotecas y préstamos alegremente. Algunos incluso están sentados en el parlamento redactando y aprobando leyes y presupuestos.

Como era de esperar, ya ha salido quien pide más de lo mismo, más fuego para apagar el incendio: Más leyes, más requisitos, más controles y más dinero. Es la demostración de que el sistema funciona perfectamente. Deberíamos hablar más sobre la relación del sistema escolar con la economía. Deberíamos conocer mejor (y reflexionar sobre) el origen de la escolarización obligatoria. Deberíamos preocuparnos por la extensión artificial de la infancia y la adolescencia. Deberíamos analizar las causas del exceso de diagnósticos psicológicos hechos a los niños. Pero, básicamente, deberíamos hacer una sola cosa: dejar de mentir a los niños sobre lo que importa en la vida y, sobre todo, dejar de creernos nuestra propia mentira.

Subyace al sistema escolar obligatorio la idea de que la gente es peligrosa para el orden social si aprende a pensar y su imaginación permanece intacta con el paso de los años; la idea de que no hay forma de curar el “gen de la desobediencia” en la gente que piensa por si misma. Si Fichte levantara la cabeza se sentiría realmente orgulloso de ver en qué se ha convertido Europa.

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Hace algunos años se emitió en televisión un concurso titulado “¿Sabes más que un niño de primaria?” en el que los concursantes debían contestar preguntas del currículum oficial de educación primaria. Normalmente los concursantes eran jóvenes menores de 40 años, con titulación universitaria y en activo profesional. Normalmente, además, no tenían ni idea de qué se les estaba preguntando, lo cual demuestra que lo que supuestamente se enseña en la escuela sirve de bien poco en la vida real. Pero casi nadie se cuestiona el currículum. Casi nadie se cuestiona la legitimidad de los políticos para imponer su modelo escolar cuando ésta es la única cuestión que importa: ¿quién tiene legitimidad para decidir qué cosas debe aprender un niño y cuándo y cómo debe aprenderlas? Si ustedes siguen respondiendo que el Estado es quien la tiene, entonces estarán poniendo de manifiesto que mi tesis es cierta: el sistema escolar funciona de maravilla.

Porque lo cómodo es seguir culpando al gobierno del color que no nos guste y volver a votar en las siguientes elecciones. Lo fácil es culpar a tal o cual ley, a la supuestamente insuficiente financiación o a cualquier otra minucia que poco tiene que ver con la cuestión. Lo serio y deseable, aunque menos cómodo, sería investigar cuál es el origen y el objetivo real del sistema, a cuestionarlo todo, a proponer alternativas y empezar a cambiar lo que esté en nuestras manos. Quedarse en casa esperando que alguien nos de una solución mágica (porque es nuestro “derecho”) es un acto de suma irresponsabilidad. Que vivimos en la era de las comunicaciones y la excusa de la falta de oportunidades ya no es creíble.